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Sobre sus tumbas siempre hay flores rojas

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Grabado que recoge la explosión en la Revuelta de Haymarket. / Wikipedia

Era mayo de 1886 y Estados Unidos vivía una ola de huelgas, cinco mil empresas quedaron paralizadas; las extenuantes jornadas laborales de doce, catorce y dieciséis horas que las fábricas imponían a sus obreros era en lo que se basaban las grandes fortunas que eran amasadas con la explotación de hombres, mujeres y niños.

Entre los obreros y obreras empezó a correr el rumor de que el primero de mayo será la rebelión. En Chicago, las fábricas cerraron, los muelles se clausuraron, y los obreros, llenaron la avenida Michigan.

¡Ocho horas para trabajar, ocho para descansar… ¡y ocho para hacer lo que nos dé la gana! Coreaban miles de obreros en las calles lo cual era aplaudido por la multitud.

Las protestas se extendían a lo largo y ancho del país, medio millón de obreros y obreras exigían una jornada laboral de ocho horas solamente en Chicago, 80 mil hacían huelga.

En la fábrica Mc Cormick hubo un enfrentamiento. La policía disparó sobre la multitud. Seis trabajadores murieron y centenares resultaron heridos.

Ante esta masacre, los dirigentes obreros convocaron a una nueva manifestación el 4 de mayo en la plaza Haymarket. Sobre un vagón frente a millares de obreros, hablaron: Augusto Spies, periodista alemán, Albert Parsons, obrero norteamericano y algunos líderes anarquistas.

En ese momento, policías fuertemente armados llegaron a la plaza a desalojarla, los manifestantes respondieron que el mitin era legal y pacífico.

Una fuerte detonación dejó a más de uno sin aire y explotó entre las filas de los uniformados. Un policía cayó muerto y varios quedaron heridos.

De inmediato, los guardias abrieron fuego sobre la multitud que huyó despavorida, 38 muertos y más de 200 heridos se contaron aquel día.

Los dirigentes fueron apresados. La policía destruyó imprentas, allanó domicilios y detuvo a centenares de huelguistas.

La ciudad fue declarada en estado de sitio mientras la prensa que era manejada por los poderes pedía la cabeza de los subversivos. “Para estos vagos harapientos, la mejor comida es una carga de plomo en el estómago”. Eso mencionaba en su editorial el Chicago Tribune.

En un juicio instaurado contra los detenidos se habló de una conspiración extranjera, porque varios de ellos eran migrantes alemanes.

Denles a estos hombres un castigo ejemplar. Ahórquenlos. Así salvarán nuestras instituciones y nuestra sociedad decían en la corte.

Es así que el veredicto fue pena de muerte para Augusto Spies, Alberto Parsons, Adolfo Fischer, George Engel, Luis Lingg, Michael Schwab y Samuel Fielden.

Engel manifestó entonces “¿En qué consistió nuestro crimen?… ¡En luchar por un sistema social donde nadie pueda acumular millones mientras otros viven en la miseria!”

El rechazo del movimiento obrero se expresó en las calles donde miles salieron nuevamente a protestar.

Tumba de los Mártires de Chicago

Al aproximarse la fecha, la sentencia de Fielden y de Schwab fue conmutada por cadena perpetua. Lingg apareció muerto en su celda el día anterior.

En el patio de la cárcel de Chicago se levantaron cuatro horcas. Los condenados llegaron al patíbulo entonando la Marsellesa, mientras lo encapuchaban, Augusto Spies habló por última vez: “¡Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más elocuente que las voces de los que hoy ustedes estrangulan!”

Fueron enterrados en el cementerio de Waldheim. Sobre sus tumbas siempre hay flores rojas.

Pocos años más tarde, en 1893, el nuevo gobernador de Illinois permitió revisar el proceso. El juez Eberhardt probó que los testigos habían sido comprados, que el procurador había escogido el jurado a su antojo y que la bomba había sido arrojada por orden del mismo capitán de policía.

La Segunda Internacional Socialista, celebrada en París en 1889, aprobó el Primero de Mayo como Día de los Trabajadores en memoria de los mártires de Chicago.

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